martes, 25 de agosto de 2015

El Waterloo de El Corte Inglés

La Junta General de Accionistas que El Corte Inglés celebra siempre el último domingo de agosto tiene este año unas turbulentas vísperas que han apuntado a lo que el próximo domingo tomará carta de naturaleza, negro sobre blanco, y que va mucho más allá de las serias discrepancias con las últimas maniobras del equipo gestor de dos de los más importantes accionistas de los grandes almacenes. Y más concretamente, la denuncia ya pública de la forma en como se ha dado entrada en el capital de la compañía al jeque qatarí Hamad Bin Jassim Al Tani, propietario de los almacenes londinenses Harrods con un préstamo de mil millones que ha sido presentado como una inversión.
En definitiva, el próximo domingo culmina un largo período que, al igual que ocurrió con el de las guerras napoleónicas, cuyo final hace 200 años supuso la caída del imperio francés, refleja la caída del imperio de El Corte Inglés. Dicho de otra manera, la Junta General de Accionistas del próximo domingo es algo así como el parte del Waterloo de El Corte Inglés, nombre de la última batalla perdida por el ejército de Napoleón Bonaparte, y que se ha quedado en nuestro idioma como sinónimo de desastre.
Curiosamente, de la misma manera que las guerras napoleónicas abarcan un largo período que comenzó con la guerra entre Reino Unido y Francia en 1803 y finalizó con el segundo tratado de París firmado tras la derrota de Waterloo en 1815, la caída del imperio de El Corte Inglés comienza a fraguarse antes incluso de la crisis económica, se acentúa durante ésta y se hace inevitable en el último año de presidencia de Isidoro Álvarez,  hasta su muerte, en septiembre de 2014, apenas tres semanas después de la Junta General de Accionistas que él mismo presidió.

Lo que ha hecho su sucesor y sobrino, Dimas Álvarez, ha sido gestionar los restos del naufragio que ha requerido los mil millones de euros que el jeque qatarí inyecta a la compañía a cambio del 10 % de su capital (que podría acabar siendo entre el 12,5 y el 15%, por determinadas penalizaciones contempladas en el contrato de préstamo) y un puesto en el Consejo de Administración, para lo que es necesario un cambio en los Estatutos que ha de ser aprobado en la Junta del domingo, entre otras razones porque ese porcentaje del capital solo puede salir de la autocartera en la que tienen derecho de suscripción preferente los actuales accionistas, condición que, claro, tiene que ser eliminada. Y a ello se oponen dos de los accionistas: Corporación Ceslar, propietaria de un 10% de la compañía y que agrupa a la familia Areces Galán, descendientes del que fuera presidente de El Corte Inglés y máximo impulsor de los grandes almacenes, Ramón Areces, y por tanto descendientes también del fundador de la compañía, César Rodríguez; y Corporación Mancor, poseedora de un 7,5% de la empresa y que agrupa a descendientes de José Antonio García Miranda, primo segundo del fundador, y a la que representa una de sus hijas, Paloma García Peña, mientras que un tío de ésta, Valentín García Miranda, viene vendiendo poco a poco el 3% del capital de su propiedad a un precio muy superior al que se paga a los accionistas minoritarios (sobre todo, directivos que tienen la obligación contractual de vender sus participaciones al jubilarse).
Pero ésta de las discrepancias de dos importantes accionistas es solo la última batalla en la caída del imperio. Antes, El Corte Inglés perdió otras muchas, entre ellas la de la competencia, en la que viene sufriendo sonoras derrotas en todos los frentes. La mayor, desde luego, la que quiso plantear Isidoro Álvarez a Zara con tanto entusiasmo como ceguera y torpeza; pero también la de los supermercados e hipermercados, literalmente laminados por el exitoso Mercadona de Juan Roig.
Frente a las dificultades económicas de El Corte Inglés, ya en titulares de todos los medios, los resultados de Inditex (Zara) y Mercadona resultan insultantes; frente a la necesidad de créditos multimillonarios y venta de autocartera con modificación de estatutos incluida, la liquidez de los competidores hace inviable cualquier comparación; mientras se discute el valor del patrimonio inmobiliario que para El Corte Inglés suponen los edificios que albergan sus grandes almacenes, la Inmobiliaria Pontegadea, propiedad también de Amancio Ortega, fundador y accionista mayoritario de Inditex, ganó en 2014 el doble que el año anterior y cuenta con activos de más de 5.500 millones, 500 millones más en números redondos que el crédito sindicado que 27 bancos concedieron a El Corte Inglés a finales de 2013 para refinanciar su deuda… Mientras Juan Roig, presidente y fundador de Mercadona, es el empresario español con mejor reputación de España según el ranking general de empresas y líderes 2015 del Monitor Empresarial de Reputación Corporativa (Merco),  El Corte Inglés, que ocupa el segundo lugar en el ranking histórico, ha descendido hasta el vigésimo puesto en este 2015, lejos de los Amancio Ortega y Pablo Isla (creador y accionista mayoritario y presidente ejecutivo de Inditex, respectivamente), César Alierta (Telefónica), Ana Botín (Banco Santander), Isidro Fainé (Caixabank), Francisco González (BBVA), Antonio Brufau (Repsol), Ignacio Galán (Iberdrola) y Florentino Pérez (ACS), que completan con el líder Juan Roig los diez primeros puestos de ese monitor empresarial de reputación corporativa, reconocido mundialmente. Pero como escribí en este mismo blog el pasado 18 de julio, coincidiendo con la ceremonia de la entrega de los premios Merco, el actual dircom de El Corte Inglés hizo la siguiente declaración, publicada por el diario en el que se celebró el acto: “Son sobre todo los clientes los que respaldan el modelo reputacional y la trayectoria de las empresas” , lo que es rigurosamente cierto, pero solo lo puede decir el responsable de comunicación de una empresa que del segundo lugar ha descendido al vigésimo si la afirmación va acompañada de su dimisión o si en el minuto siguiente recibe la carta de despido. Y también escribí entonces que si no fuera por la gravedad de la situación, la explicación del dircom de El Corte Inglés podría incluso ser tachada de frivolidad.
En la batalla de la comunicación, definitivamente perdida por El Corte Inglés, el resultado ha sido de un verdadero exterminio y mucho más desolador cuando los grandes almacenes han sido ejemplo, auténtico santo y seña de imagen corporativa. Ahora, mientras saltan las escandalosas discrepancias de accionistas con más porcentaje del capital de El Corte Inglés que su propio presidente, que piden, entre otras cosas, explicaciones sobre la comisión de 17 millones a una empresa radicada en Singapur por la operación del jeque qatarí, un periódico de la red todavía en mantillas, creado y dirigido por Pedro J. Ramírez, lo que ya es una garantía de éxito, titula recientemente una información “Vende 600 euros por segundo”, en referencia a la actividad de Inditex y sus casi 7.000 tiendas repartidas por todo el mundo, que desde 1996 ha multiplicado por 37 sus beneficios; por 18 sus ventas y por más de 12 su número de establecimientos. La rentabilidad de cada una de ellos ha crecido casi un 50% en estas dos décadas, hasta 2,7 millones de euros anuales. Y mientas Manuel Pizarro, nombrado adjunto a la presidencia de El Corte Inglés por Isidoro Álvarez  poco antes de morir, trata de organizar la empresa para su salida a bolsa (en este momento no cumple las condiciones necesarias para ello), Inditex ha engordado en 27.000 millones de euros su tamaño bursátil y le lleva a multiplicar por más de 10 su tamaño desde que debutó en el parqué en mayo de 2001. En estos años, la empresa de Amancio Ortega, ha multiplicado por ocho sus beneficios y casi por seis las ventas del grupo, al tiempo que ha quintuplicado su número de tiendas en todo el mundo hasta extender su imperio por cerca de 90 países.
Vuelvo, en todo caso, a la batalla de la comunicación e imagen, y escribo una vez más que resulta difícil encontrar en los últimos meses una noticia positiva del que fuera gigante de los grandes almacenes, y que ahora, cuando más se necesita extremar el cuidado de la comunicación y la imagen (no se olvide que Ivy Lee, el creador de la comunicación empresarial allá por los albores del pasado siglo, inició su carrera gestionando la crisis producida en unos ferrocarriles estadounidenses por un gravísimo accidente), las discrepancias con la gestión actual de El Corte Inglés es lo que toma literalmente los titulares de primera página de los periódicos españoles.
Era tradición en vísperas de la Junta General de Accionistas de El Corte Inglés, recibir en la direcciones de los medios al máximo responsable de comunicación de los grandes almacenes, que personalmente llevaba la memoria que se distribuiría al día siguiente en la Junta General y su correspondiente nota informativa. Ángel de Barutell, verdadero autor de ese segundo puesto en el ranking histórico que El Corte Inglés ocupa en el Monitor  Empresarial de Reputación Corporativa, y que durante más de un cuarto de siglo y hasta su jubilación ha sido ese director de Comunicación que visitaba los medios en vísperas de la Junta General, pedía siempre a su interlocutor que no publicara nada hasta que terminara la Junta por respeto a la misma. Y jamás periodista alguno traicionó el compromiso. Han cambiado los tiempos, e imagino que ahora habrá otros procedimientos digamos que… más torpes. Tanto que las grandes protagonistas de la actualidad en vísperas de la Junta General de Accionistas de El Corte Inglés no son, como siempre fueron, las ventas, los beneficios, el dividendo, los puestos de trabajo, la expansión…, sino Carlota Areces y Paloma García Peña, representantes de dos de los principales accionistas y ambas descendientes del fundador de El Corte Inglés, con declaraciones que hablan de ingeniería contable, de fórmula compleja que hay que frenar, de un presidente débil con las manos atadas por los viejos directivos –y de ello me propongo escribir en las próximas líneas-, de falta de transparencia, de denuncias, de que la operación con el jeque evidencia lo poco que ha servido el crédito sindicado de casi 5.000 millones de los bancos de finales de 2013 o de la venta de un porcentaje mayoritario de la financiera de El Corte Inglés al Santander… Y que a una maquinaria en su día funcionando como un reloj de precisión, que además cuenta con una de las mayores inversiones de publicidad de nuestro país, le “madruguen” literalmente dos accionistas, por importantes que sean, y le ganen la batalla de la comunicación es una muestra más del Waterloo de El Corte Inglés, de la caída de su imperio con el presidente maniatado y la Comunicación más preocupada de distanciarse del brillante pasado, que es como escupir al cielo, aun a costa de cargarse el futuro.
Me referí al principio al largo período durante el que se ha ido forjando la caída del imperio y que tiene en Isidoro Álvarez el principal responsable. Heredó el imperio de manos de su tío, Ramón Areces, creador de la gran expansión de El Corte Inglés y vencedor de la batalla que su tío y fundador, César Rodríguez, mantuvo durante lustros con su primo, Pepín Fernández, creador de Galerías Preciados, grandes almacenes a los que acabó engullendo El Corte Inglés después de múltiples vicisitudes con amigos venezolanos y rumasas por medio. Sin embargo, Isidoro Álvarez, que acabaría presidiendo la compañía durante 25 años, pronto olvidó una de las lecciones que su tío ponía en práctica cada mañana: financiarse con las ganancias o, lo que es lo mismo, no gastar ningún día un céntimo más, en todo caso siempre menos, de lo ingresado el día anterior, escrito sea en lenguaje de economía doméstica. Pero Isidoro, llevado por la ola del éxito, el fracaso de su principal competidor, Galerías Preciados, y una economía española con el viento de popa acercándose ya al euro y en plena burbuja inmobiliaria, abordó decisiones alejadas de la prudencia. Fueron los años de una expansión febril, en el que los almacenes de El Corte Inglés, en edificios cada vez más gigantescos, casi siempre con la oferta HIpercor en su interior, eran prácticamente no solo la primera tienda sino el primer vecino de barrios que iniciaban su construcción en los límites de las grandes aglomeraciones urbanas, y que luego, ante el estallido de la burbuja inmobiliaria se quedaban sin vecinos.
Se podría decir que, en todo caso, Isidoro Álvarez comparte las responsabilidades con el Consejo de El Corte Inglés, que aprobaba reunión tras reunión las decisiones del presidente; y escribo bien decisiones, porque Isidoro ni se molestaba en revestirlas de propuestas, seguro de que el dócil Consejo asentiría a cada decisión por él tomada, por poco análisis que resistiera o por suicida que les pudiera parecer a los propios consejeros. Y si alguien pregunta que cómo es posible esa capacidad de decisión con solo un 15% de la empresa, habrá que contestar que a ese 15% hay que sumarle el 35% de la Fundación Ramón Areces, también presidida por el propio Isidoro, más el 7,5% que Isidoro regaló a su hermana, la madre del hoy presidente, Dimas Gimeno, que era igualmente consejero. Frente a ello, como es fácilmente comprensible, Cartera Mancor y Corporación Ceslar, los ahora discrepantes accionistas no podían hacer mucho que exigir que constase en acta su oposición a ciertas decisiones o su negativa incluso a firmar las cuentas, como ha venido haciendo la representación de Corporación Ceslar.
¿Y el resto del Consejo?, se puede seguir preguntando. El resto del Consejo son los “estómagos agradecidos”, que diría José María García, porque acceder al Consejo de El Corte Inglés sin pertenecer a las familias Rodríguez-Areces-Álvarez era no solo ocupar un puesto de privilegio, sino convertirse en millonario.
Alguno, aunque estuvo poco tiempo en el Consejo porque murió a los cinco años de ser nombrado, tuvo tiempo incluso de ocuparse de que un hermano fuera adjudicatario de las floristerías de los grandes almacenes y sus hijos de los negocios de reprografía.
Otro, que había sido uno de los jefes de compras y amigo personal de Isidoro Álvarez, con el que compartía momentos de ocio, perdió las amistades con el presidente cuando a la hora de jubilarse se “atrincheró” en las acciones que tenía que vender a la empresa, por las que acabó obteniendo más de diez millones de euros.
Florencio Lasaga, que por exigencias de las dos hijas de Isidoro, herederas del 15% de la compañía, ha sido nombrado presidente de la Fundación Ramón Areces, fue el primer consejero ajeno a la familia. Lleva casi medio siglo en la empresa; ha estado al frente de la Administración y del área Financiera/Administrativa. Jamás se atrevió a contradecir a Isidoro Álvarez, y hay quien dice que de pura buena persona que es.
Hasta su muerte, hace algo más de un año, Juan Manuel de Mingo fue consejero y secretario del Consejo. Fue el segundo de los consejeros ajenos a la familia en la historia de El Corte Inglés. Abogado en ejercicio, montó la asesoría jurídica de la compañía. Es el único directivo al que se le permitió que su importante paquete de acciones fuera mantenido por la familia después de desaparecido.
Carlos Martínez Echavarría también es ajeno a la familia Rodríguez-Areces-Álvarez. De absoluta confianza de Isidoro Álvarez, le nombró consejero hace veinte años, y sigue teniendo mando absoluto en el departamento financiero. También es consejero en todas las empresas del grupo y apoderado en más de medio centenar de sociedades.
Juan Hermoso Armada, igualmente ajeno al fundador y a sus descendientes, es consejero y parece que también el más temido. Jesuita “rebotado” (abandonó la Compañía de Jesús antes de ser ordenado), estudió Psicología y entró a trabajar en El Corte Inglés en el departamento de Estudios, con cuya jefatura se hizo en poco tiempo; después accedió a la Dirección de Ventas y consiguió gestionar el presupuesto de publicidad –durante mucho tiempo el mayor de las empresas españolas-, con lo que accedió a los medios de comunicación, a los que Isidoro profesaba un temor reverencial. Primero consiguió que Isidoro le nombrara patrono de la Fundación Ramón Areces y finalmente consejero de El Corte Inglés. Isidoro Álvarez le encargó la tutoría de su sobrino, Dimas Gimeno, cuando éste volvió de Portugal, donde había trabajado en los centros de El Corte Inglés en Lisboa y Oporto.
Leopoldo del Nogal, otro de los consejeros, empezó como Cajero en las oficinas centrales de El Corte Inglés, al que representó en la fallida participación de la empresa The Harris Company, de California, hasta su venta casi a finales del pasado siglo. Al volver de Estados Unidos se encargó de los centros en Lisboa y Oporto y, por tanto, de la tutoría de Dimas Gimeno en ese país.
El último consejero es Manuel Pizarro, al parecer recomendado a Isidoro por los bancos que concedieron a El Corte Inglés el préstamo sindicado de casi 5.000 millones. Prepara la salida a Bolsa de la compañía y ha pilotado la información necesaria para la última Emisión de Bonos en Irlanda.
Y naturalmente, el Consejo tiene su secretario, en este caso no consejero, Antonio Hernández Gil, nombrado por Isidoro Álvarez en la Junta General del pasado año para sustituir no sin cierta sorpresa al abogado jefe de El Corte Inglés, Faustino José Soriano, que había sucedido a Juan Manuel de Mingo a la muerte de éste. Parece que, entre otros méritos, Hernández Gil tiene el de haber representado a El Corte Inglés en algunos pleitos recientes, entre otros el planteado por César Areces Fuente por el valor de las acciones de la compañía.
Así que con este consejo hecho por y a la medida de Isidoro Álvarez, éste se convirtió durante los 25 años en un suerte de emperador absolutista… hasta que llegó su Waterloo, cuya acta se redactará el próximo domingo, último del mes de agosto, y por tanto día de la Junta General de El Corte Inglés- 

martes, 4 de agosto de 2015

Presuntamente presunto...

En más de una ocasión he advertido del mal uso que los periodistas hacemos del calificativo presunto y su adverbio correspondiente. Y he explicado que el término es estrictamente jurídico, pero mis colegas lo siguen utilizando quizás por la estricta aplicación de la presunción de inocencia o acaso temiendo que el posible autor de un delito si finalmente es absuelto pudiera demandar al periodista y su medio por acusarle de algo cuando ni siquiera había sido juzgado por ello. Pero como se ve, la simple explicación ahonda en el terreno del Derecho.
El calificativo sorprende aún más referido a hechos como los del parricida de Moraña, autor de la muerte de sus dos hijas, ejecutadas al parecer con una radial. Pero estos días vengo leyendo en casi todas las informaciones sobre este terrible crimen el dichoso término con una profusión digna de mejor causa; y crónica de agencia hay en la que en sus seis párrafos no demasiado largos utiliza el adjetivo presunto y el adverbio presuntamente nada menos que en siete ocasiones.

Vamos a ver: David Oubel le anunció a su mujer por escrito que iba a matar a sus dos hijas y después se suicidaría; David Oubel, días antes del parricidio, compró la radial en una ferretería; cuando agentes de la Guardia Civil accedieron al escenario del crimen avisados por la madre de las pequeñas, encontraron a estas dos muertas y a David Oubel en la bañera con unas leves heridas que se había hecho él mismo. Y todo ello, desgraciadamente, no son presuntos hechos y fueron cometidos, y no presuntamente, por David Oubel…
David Oubel es el autor de la muerte de sus dos hijas. Que en un alarde de precisión el periodista no utilice una calificación jurídica, como la de asesino (lo que supone la autoría de los hechos, unas circunstancias agravantes y la responsabilidad penal en los mismos), no impide señalarle como autor, que no es una calificación jurídica, hasta el punto de que el autor de unos hechos delictivos puede ser absuelto judicialmente por unas circunstancias que hayan determinado su inimputabilidad sin que ello suponga dejar de ser autor.
Pero es que, además, estoy seguro de que habrá muchos lectores u oyentes que no necesariamente comparten la cautela por la que el periodista envuelve su perorata de tanto “presunto” y que pueden llegar a pensar que con la utilización del dichoso término se está poniendo en duda la autoría de los mismos.
Tranquilícense los colegas. La palabra presunto aparece en su segunda acepción en la última edición del diccionario de la Real Academia (la primera dice escuetamente “supuesto”) con la abreviatura previa de Der. (Derecho) y la siguiente definición: “Se dice de aquel a quien se considera posible autor de un delito antes de ser juzgado”. Y David Oubel, en efecto no ha sido juzgado; pero, a mi juicio, es bastante más que el presunto o supuesto autor de la terrible muerte de sus dos hijas.



sábado, 18 de julio de 2015

Los almacenes Harrods "toman" El Corte Inglés

Mientras en sectores empresariales hay gran inquietud ante la toma de un 10% del capital de El Corte Inglés por el inversor qatarí Hamad Bin Jassim Bin Jaber Al Thani,  los medios españoles, que deben continuar bien engrasados por la empresa que es uno de los primeros anunciantes de nuestro país, saludan la operación como un enorme éxito. Hay una excepción, la del digital Hispanidad, cuyo director, Eulogio López, la ha descrito con tanta precisión como crudeza. Y hay que empezar por decir que, lejos de suponer para El Corte Inglés una extraordinaria venta (el qatarí habría pagado 1.000 millones por el 10% del capital), se trata en realidad de la suscripción de una emisión de bonos convertibles a tres años con interés del 6,7%, determinadas garantías entre las que figura la de que en ese plazo El Corte Inglés tiene que estar en Bolsa (todavía no cumple las condiciones para ello) y que en caso de ser incumplidas, tendrá un tipo marginal de penalización. Además, si el inversor quiere realizar la conversión recibirá su 10% en acciones de la autocartera que fueron adquiridas en su momento a un precio un 37% más alto que lo que pagaría el inversor. En román paladino, El Corte Inglés ha obtenido un crédito de mil millones enmascarado con una supuesta inversión cuando se trata de una típica operación de fondos de capital riesgo para empresas en apuros. Es decir, como señala en su cruda información Eulogio López, “emitir deuda para solventar un problema de deuda, y en esas condiciones tan favorables para los qataríes, no parece una buena idea”. Porque no se olvide que este crédito (llamemos a las cosas por su nombre) se suma al sindicado de casi cinco mil millones obtenido hace un año, lo que puede llevar a la sospecha de que, a lo peor, los bancos han cerrado el grifo al que otro tiempo fuera poderoso El Corte Inglés.
Necesitada la famosa marca España de noticias positivas, los medios, como he escrito al comienzo de estas líneas, han saludado con entusiasmo lo que se ha presentado como una gran inversión de un multimillonario qatarí. Y alguno se pasa de entusiasmo y escribe incluso que, aprovechando la supuesta inyección de los mil millones, El Corte Inglés se dispone a iniciar una expansión a México y Perú y a rescatar el antiguo proyecto de implantarse en Italia, más concretamente en la capital lombarda, Milán. Pero se adivina detrás de la información a algún portavoz de la empresa, que hace tiempo viene modificando la gestión de las relaciones externas e institucionales y cuya primera consecuencia ha sido el desmantelamiento de la imagen y reputación de El Corte Inglés construidas durante casi medio siglo. El más elemental resumen de prensa de los dos últimos años hablaría por sí solo porque sería difícil encontrar alguna referencia o noticia positivas de El Corte Inglés, cuando a lo largo de la historia ha sido justamente al revés. Y no se entienda esta afirmación como una simple impresión, porque según el Monitor Empresarial de Reputación Corporativa los grandes almacenes ocupan el segundo lugar en el ranking histórico, pero han descendido hasta el ¡vigésimo puesto! en el de este año 2015.  Y el Monitor Empresarial se elabora con un enorme rigor, lo que convierte sus datos en una referencia indiscutible (por cierto, el primer lugar de reputación corporativa es para Inditex/Zara, la bestia negra de Isidoro Álvarez, anterior presidente de El Corte Inglés, desaparecido hace algo menos de un año). Para hacerse una idea de este rigor, en quince años desde su creación, el Monitor Empresarial se ha convertido en uno de los monitores de referencia de todo el mundo y el único cuya metodología “multistakeholder” está compuesta por cinco evaluaciones y doce fuentes de información. Más concretamente, la clasificación en la que El Corte Inglés ha sufrido el mayor varapalo de su historia en la materia fue elaborada con la participación de 1.260 miembros del comité de dirección, 949 expertos, más de 4.000 ciudadanos, 10.134 trabajadores, 806 estudiantes universitarios, 867 alumnos de escuelas de negocio, 101 responsables de Relaciones Humanas y 91 headhunters.
Precisamente por todo ello tampoco se explica que, coincidiendo con la ceremonia de la entrega de los premios Merco, el actual dircom de El Corte Inglés hiciera la siguiente declaración, publicada por el diario en el que se celebró el acto: Son sobre todo los clientes los que respaldan el modelo reputacional y la trayectoria de las empresas” , lo que es rigurosamente cierto, pero solo lo puede decir el responsable de comunicación de una empresa que del segundo lugar ha descendido al vigésimo si la afirmación va acompañada de su dimisión o si en el minuto siguiente recibe la carta de despido. Si no fuera por la gravedad de la situación, la explicación del dircom de El Corte Inglés podría incluso ser tachada de frivolidad; lo mismo que calificar de gran operación  la compra en subasta por 136 millones del solar de Adif que ocupa actualmente un aparcamiento frente a los grandes almacenes de Castellana, con una puja por el doble de lo ofertado por la segunda propuesta “para impedir –se empeñó alguien en difundir- que fuera adjudicado a Zara”, cuando al parecer Inditex ni siquiera acudió a la subasta. Como escribí con aquella ocasión, Amancio Ortega, creador de Inditex y empresario de indiscutible éxito sin operaciones de crédito ni dircom imprudentes (por cierto, el actual de El Corte Inglés trabajó alguna vez en Inditex), prefiere ver la caída del gigante desde lo más alto de la Torre Picasso, que es una de las inversiones del propietario de Zara a través de su sociedad inmobiliaria Pontegadea. Y quién sabe si alguno de los brillantes estrategas comerciales que tiene Inditex filtró oportunamente el supuesto interés por el solar de Adif para levantar una tienda frente a El Corte Inglés de Castellana, y alguien picó el anzuelo en la empresa que hoy preside Dimas Gimeno.
Habrá que estar atentos al estudio encargado al despacho multinacional de abogados Baker & McKenzie, donde trabajó Manuel Pizarro hasta que fue contratado como asesor del presidente de El Corte Inglés y nombrado consejero. El estudio ha de contemplar el cambio en los estatutos de la Compañía y en el reglamento del Consejo, con su ampliación a quince miembros, todo lo cual supone también una profunda transformación del gobierno corporativo de El Corte Inglés y lógicamente de toda la estructura de la dirección y de su modus operandi. Si hasta hoy el nuevo presidente, sobrino de Isidoro Álvarez, al que sucedió a la muerte de éste el pasado septiembre, ha intentado imponer su estilo personal a una empresa anquilosada y que durante los últimos años cometió tremendos errores estratégicos, parece que definitivamente se ha dado cuenta de que con ese modelo de gestión la compañía, su imagen y su reputación son insostenibles, y todavía habrá que ver en qué términos se sostiene a partir de poner en práctica el estudio que elabora Baker & McKenzie. Pero no es posible seguir leyendo en la incontrolable Red cosas como la expresión “eres más antiguo que El Corte Inglés” ni tampoco continuar la práctica de puertas giratorias (y para colmo en ocasiones a través de la Fundación Ramón Areces y sus actividades) o ver publicado en los periódicos cómo uno de los beneficiados por el sistema de puerta giratoria continúa en la dirección de la compañía después de haberse aprovechado de las “black” de Cajamadrid (bien es cierto que utilizándola en gran porcentaje en el mismo Corte Inglés, lo cual desde luego no es atenuante) o, en fin, cómo uno de los grandes espacios culturales que El Corte Inglés tiene es dirigido por un individuo que llegó ahí después de la destrucción de una edición completa de un libro sobre la historia de los grandes almacenes y procedente de… la editorial que lo había editado y que lo destruyó antes de ponerlo a la venta, con lo que se ganó el título de “torquemada”…, aunque es verdad que entre sus actividades literarias figura un edulcorado artículo escrito con ocasión de la muerte de Isidoro Álvarez, en el que confiesa que con el mismo nombre tuvo dos presidentes, “y ambos transformaron España” (sic): Felipe González, que utilizaba ese alias durante su época de clandestinidad en los años finales de la dictadura, y, claro, Isidoro Álvarez.
Pero estómagos agradecidos y puertas giratorias al margen, volviendo a la noticia que tanto inquieta en sectores empresariales de nuestro país, no deja de ser paradójico que, de momento, el 10% del capital de uno de los grandes arietes de la marca España haya caído en manos del inversor qatarí propietario también de los londinenses y míticos Harrods (“de un alfiler a un elefante”). Y escribo bien el calificativo de paradójico, porque una de las leyendas sobre El Corte Inglés que escuché en varias ocasiones es que, en tiempos de Don Ramón Areces (todos los empleados, directivos y consejeros  le ponen el “don” delante al citar su nombre, al contrario de lo que sucede con Isidoro Álvarez), una delegación de Harrods visitó la empresa, varios de sus centros comerciales, su centro logístico en la Comunidad de Madrid y los talleres Induyco (hoy desaparecidos con ventajosas condiciones para su personal y sin el menor ruido, al contrario de lo que ocurre ahora). Al parecer, los almacenes londinenses tenían la intención de instalarse en España y querían comprobar la competencia que les esperaba. Cuando vieron el modelo de producción, distribución y gestión, le dijeron a sus anfitriones: “Son ustedes la mejor empresa de distribución que hemos conocido en el mundo. La competencia se nos antoja imposible”. Si levantara la cabeza don Ramón y viera al dueño de Harrods sentado en el Consejo de El Corte Inglés…

miércoles, 24 de junio de 2015

Señora Presidenta...

Como le decía ayer a una colega con la que estaba comentando su discurso de investidura, he llegado a una edad en la que solo sucumbo al entusiasmo después de una reflexión y un análisis sosegados. Y he de decirle de inmediato, señora Presidenta, que durante la hora y media de su discurso de ayer y durante las réplicas que hoy ha dado a los demás grupos de la Cámara regional, ha construido usted una magnífica pieza de perfecta arquitectura, cimentada en la mayor autocrítica salida de las filas del Partido Popular por la corrupción que, como he escrito en numerosas ocasiones, el PP ha convertido en un sistema de gobierno: “El 24 de mayo se abrió un tiempo nuevo de la política; las urnas nos dijeron alto y claro que había cosas que no se estaban haciendo bien. Y que la política y corrupción no pueden ir jamás de la mano… Estamos para servir a los ciudadanos, no para servirnos de ellos”, dijo usted con rotundidad y con el tono que ha utilizado en estos dos días que transmite credibilidad por los cuatro costados. Pero esas 52 palabras que ahora reproduzco han golpeado como directos en las mandíbulas de quienes permitieron durante el populista período del “aguirrato y su delfín”de los gürteles, de los púnicos, de las telesperanzas, de los consejeros sin cartera –pongamos que hablo del ínclito Arturo Fernández-, del reparto caprichoso de la publicidad institucional, de los inexplicados pero explicables enriquecimientos, de las concesiones de canales de televisión por servicios prestados... Los 52 directos habrán supuesto, como poco, un “knock down” que suele ser siempre el preámbulo del K.O., mucho más en este caso en que me temo que no hay posibilidad de la famosa “cuenta protectora” que permite el reglamento del noble arte del boxeo.
Pero eso es solo y nada menos que la principal razón para la regeneración democrática que se dispone usted a emprender, si no ha emprendido ya, porque su limpísima e impecable trayectoria tanto en las ocho legislaturas durante las que ha sido diputada regional como durante los tres años largos que ha desempeñado el cargo de Delegada del gobierno en la Comunidad de Madrid se lo permiten, empezando –y usted misma ya lo ha dicho- por la tan necesaria como exigible auditoría de lo que ha pasado en la Real Casa de Correos y sus tentáculos durante los años del aguirrato.
Sé, señora Presidenta, que los compromisos de su investidura no se van a convertir ni en sugerencias ni en papel mojado ni en imposibles provocados por una herencia recibida que estaba en el fondo del cajón. Sueño, señora Presidenta con ese gobierno y esa Asamblea regionales carentes de descalificaciones, sin gritos ni aspavientos, sin miradas al tendido animando a “los del siete” para que monten la bronca a la oposición y pidan la oreja para el gobierno.
Sueño, señora Presidenta, con la Política con mayúsculas, cuyo primer mandamiento, como usted anticipó ayer, es conjugar el verbo pactar. Y con un gobierno transparente sin sectarismos. Sé, en fin, que todo cuanto expuso en su discurso de ayer tiene la carta de naturaleza de un compromiso irrenunciable que está en su ADN. Y que no entienda nadie la expresión como metáfora, porque eso lo aprendió usted de su padre, general de Artillería que murió hace unos meses seguro de que, si finalmente el partido la designaba como candidata a la Comunidad de Madrid, sería para usted un servicio más que prestar a la sociedad (otra enseñanza de su padre), porque así es como concibe usted la política.
(Aviso a navegantes: Disfrutando yo ya del júbilo que Rajoy y su programa de salvación de la banca me han ido recortando, conocí personalmente a Cristina Cifuentes, que tuvo la gentileza de invitarme a un almuerzo que celebramos mano a mano en su despacho con su directora de Comunicación, Marisa González, como nexo entre los dos y perfecta organizadora. De aquél encuentro yo salí convencido de que si, como se comentaba ya entonces, Cristina Cifuentes acababa siendo candidata del Partido Popular a la presidencia de la Comunidad de Madrid, el gobierno regional no sería patrimonio ni trampolín de nadie, sino de los madrileños, y tendría una presidenta dedicada al ciento por ciento a su tarea y no a otros cálculos, otros proyectos u otras conspiraciones… Una presidenta del siglo XXI y para el siglo XXI con unos principios irrenunciables, sean o no políticamente correctos y coincidan o no con los que en cada momento convenga estratégicamente a su partido)
Con su discurso, como antes con su impecable campaña electoral, en la que puso tanto empeño como elegancia en sortear zancadillas, ha abierto usted, señora Presidenta, un enorme horizonte en el que los jóvenes, las mujeres y los parados de larga duración tengan oportunidades; en el que la Sanidad y la Educación no tenga que reivindicar con mareas lo que la Constitución garantiza; en el que las becas y la reducción en los importes de las matrículas universitarias acudan a la salvación de muchos cerebros que han tenido que abandonar la Universidad o matricularse por asignaturas en vez de por cursos; en el que los impuestos dejen de ser una asfixia para los más débiles; en el que nos vayamos acercando a la universalidad del cheque guardería; en el que, en fin, se combata el hambre sobre todo de los niños y la mendicidad no negándola o escondiendo a los mendigos, sino con políticas que permitan alimentar a los pequeños y dar refugio a los marginales de la sociedad.
Sé también, señora Presidenta, que el apoyo de Ciudadanos ha permitido su investidura, pero se equivocarían si exhiben como un triunfo del joven partido el espléndido programa que usted expuso en su discurso. Déjeme, señora presidenta, decirle a Alberto Rivera y los suyos que su mérito no ha sido imponer un programa, sino sumarse al que usted tiene. 

viernes, 5 de junio de 2015

Una exigencia que parece una excusa

Empieza a urgir una explicación de Ciudadanos sobre su inflexible actitud en las negociaciones con Cristina Cifuentes para alcanzar un pacto para la presidencia de la Comunidad de Madrid. La inflexibilidad del partido de Alberto Rivera, su expresión de permanente sospecha sobre la fiabilidad de la candidata del Partido Popular o, lo que es peor, sobre su debilidad,  esa especie de órdagos que se van sucediendo sin solución de continuidad dan la impresión de que lo que el presidente de Ciudadanos busca es la excusa que le permita cumplir un compromiso adquirido, que solo puede ser un acuerdo ya alcanzado con la candidatura socialista de Ángel Gabilondo.


Porque si con su trayectoria no fuera suficiente, Cristina Cifuentes viene demostrando que nada tiene que ver con la corrupción que se había instalado poco menos que como sistema de gobierno en la Comunidad de Esperanza Aguirre y sus herederos. Pretender ahora que, como prueba de compromiso, las condiciones que impone Ciudadanos para apoyar a Cifuentes sean firmadas por Esperanza Aguirre suena más a excusa que a desconfianza. De sobra sabe Rivera que la todavía presidenta de los populares madrileños no va a facilitar el camino a la que primero despreció como compañera de ticket electoral y de la que sabe que, después de haber sacado más votos que ella en la ciudad de Madrid, es una sólida candidata a encabezar la refundación y/o la regeneración del Partido Popular.

Ni siquiera haría falta que Esperanza Aguirre firme el compromiso que exige Alberto Rivera. A mi juicio bastaría con que, por fin, la autoproclamada lideresa le preste un servicio a su partido al que, por cierto, debe buena parte de lo que ha sido (lo que es se lo ha ganado a pulso) y presente su dimisión irrevocable y se marche incluso a su casa, sin necesidad siquiera de hacer la “parada” al frente de la oposición en el Ayuntamiento de Madrid. Creo que su partido, los madrileños y Cristina Cifuentes se lo agradecerían.

martes, 26 de mayo de 2015

El otro "ticket" electoral de la Comunidad de Madrid


Ni siquiera haría falta acudir a los datos que publica hoy el diario El Mundo sobre los votos que Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes han cosechado respectivamente en los 22 distritos de Madrid (sólo en Chamberí y Salamanca la autoproclamada lideresa obtuvo más sufragios que su compañera de “ticket” electoral madrileño: siete y cuatro centésimas de ventaja en porcentaje; 630 y 350, respectivamente, en número de votantes) para comprender la verdadera dimensión de la victoria de la ex delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid. Porque a las dificultades que la marca PP presentaba después de tres años y medio de gobierno de Rajoy dedicados a aniquilar a buena parte de las clases medias de este país; a la fortaleza de Podemos y Ciudadanos anunciada por las encuestas y por el resultado de las elecciones andaluzas; a la nunca cómoda cohabitación entre la candidata Cifuentes y el gobierno regional presidido por un frustrado aspirante; al tardío anuncio de la candidatura, que dejaba un escaso plazo de tiempo para la campaña pre-electoral, que había además que reducir en los días que tardó el Consejo de Ministros en nombrar la nueva delegada del Gobierno, a todo ello había que añadir el ninguneo, si no la negación y yo diría que hasta las sutiles zancadillas de la lideresa, más la autoridad (tratándose de Esperanza Aguirre, no en el sentido clásico sino como sinónimo de fuerza) que se desprende de ser presidenta del partido en Madrid.
Gigantesca dimensión la de la victoria de Cristina Cifuentes, cimentada en un trabajo de comunicación de finísima orfebrería obra de la periodista Marisa González Casado, que para quien esto escribe es la gran experta en comunicación política que hay en este país, condición a la que une una capacidad de trabajo a prueba de cualquier exigencia y una lealtad sin límites, acreditado todo ello por una hoja de servicios, es decir de éxitos, que no tiene parangón en la democracia española. Así que cuando anoche, en la tertulia de Hora 25, el colega Emilio Contreras, que fue subdirector de Opinión del diario ABC y que hoy es director de comunicación de una de nuestras grandes empresas, decía que tras la victoria de Cristina Cifuentes estaba el trabajo de Marisa González, “una señora muy lista” (sic) que sabe dónde tiene que acudir una candidata en una campaña electoral, sentí la necesidad de escribir estas líneas, aunque solo fuera para decir que, como más mayor que Emilio Contreras que soy, “yo la vi primero”.
Vaya la justicia –que no el elogio- que hago de Marisa González no en detrimento del excelente trabajo que, primero como diputada regional y luego como delegada del Gobierno en Madrid y finalmente como candidata a la presidencia regional, ha hecho Cristina Cifuentes, sino en todo caso como reconocimiento también del acierto al nombrarla su directora de Comunicación, hasta convertirse ambas en una especie de “ticket” electoral para la victoria.
Porque, no nos engañemos, la comunicación es hoy día fundamental  –y cada vez más- en todas las actividades y mucho más en la política. Pero la mayor parte de los políticos la entienden como un inevitable e incluso molesto departamento que en no pocos casos utilizan para cubrir sus puestos con periodistas afines que lo mismo sirven para hacer unos resúmenes de prensa que para distribuir el “maná” de la publicidad institucional de acuerdo a simpatías, filias y fobias o incluso para escribir los discursos del “jefe” y elogiarlos luego como corresponsal de un periódico (y me refiero al vergonzoso caso del entonces presidente balear y su director de comunicación). Así que, lejos de especialistas en comunicación política, muchos políticos se rodean de gentes que “compran” el ditirambo a cambio de determinadas prebendas o simplemente de un trato de favor (contaba el genial Miguel Ángel Aguilar que minutos antes de la rueda de prensa de ayer de Mariano Rajoy en el Partido Popular, una compañera le dijo que el presidente solo contestaría a tres preguntas de tres medios –Libertad Digital, Tele 5 y El País-, tras lo cual se daría por finalizada la comparecencia del presidente; y, efectivamente, a pesar de que fueron decenas las manos que se levantaron para preguntar a Rajoy, solo contestó a tres preguntas, exactamente las de los medios que la colega había adelantado a Aguilar).
Cristina Cifuentes, sin embargo, ha tenido el acierto de elegir una directora de Comunicación experta en… Comunicación política. Una persona que ha sabido resaltar sus evidentes perfiles positivos, absolutamente permeable a la opinión y a las iniciativas de Marísa González, y consciente de la necesidad de saber comunicar a los madrileños su indiscutible capacidad para ser presidenta de la Comunidad de Madrid.
Cuando hace tres años y medio Alberto Ruiz-Gallardón se fue de la alcaldía de Madrid, quienes sabemos que el éxito de la trayectoria de Gallardón estaba cimentado en buena parte por el trabajo de Marisa González como su directora de Comunicación durante más de veinte años no nos explicamos que no le pidiera que le acompañara al Ministerio de Justicia. Tampoco nos explicamos que la sucesora de Gallardón al frente de la alcaldía, Ana Botella, no contara con Marisa, que prefirió marcharse sin ruido alguno, que es otra de sus virtudes; en su casa estuvo, hasta que Cristina Cifuentes, que la conocía sobradamente aunque nunca la ex delegada trabajó como “cazadora de talentos”, le pidió que se sumara a su proyecto. Dejadme añadir una pequeña maldad: mirad dónde están Gallardón y Ana Botella y dónde están Cristina Cifuentes y Marisa González Casado.

lunes, 18 de mayo de 2015

Traidor Ferrari

Leo sin sorpresa alguna que Atresmedia ha apartado de la gestión de Onda Cero a Javier González Ferrari, que ha presidido la cadena de emisoras durante los últimos catorce años. Según la información, que publica El Confidencial Digital, Ferrari ha traicionado a Onda Cero, cooperando con Carlos Herrera a su salida de esta cadena y a su fichaje por la Cope. Por eso no me sorprende la noticia: la traición está en el ADN de este individuo, como lo está su indiscutible capacidad para la conspiración y también para flotar por turbulentas que sean las aguas en las que se mueve (renuncio a hacer fáciles comparaciones escatológicas).
Cuando, durante la presidencia del gobierno de España de José María Aznar, fue director general de RTVE, le pedía al jefe de gobierno su mediación para promocionarle a un puesto ejecutivo en la empresa privada, “como Saenz de Buruaga, que está ganando mucho dinero en Antena 3 y yo aquí solo gano 20 millones” (el burgalés, que va a dar un nuevo “pelotazo” con un programa en Televisión Española, llegó a ser consejero-delegado de Antena 3, donde se firmó a si mismo un contrato que contemplaba una millonaria indemnización que naturalmente se llevó en cuanto que Telefónica vendió la cadena a Planeta y ésta prescindió de él).
Aznar atendió su demanda y Ferrari apareció un día como presidente de Onda Cero. Y cuando Planeta desembarcó también en la cadena de radio, Ferrari se apresuró a hablar italiano en la intimidad, porque Carlotti era el hombre fuerte de Planeta en Onda Cero (“Carlotti me ha llamado presidente”, confiaba nerviosamente a la salida de su primer encuentro con el italiano en un despacho de la sede de la editorial en el Paseo de Recoletos).

Ahí se ha mantenido o, mejor, ahí lo ha mantenido Carlos Herrera, al que Onda Cero le debe una parte sustancial de su audiencia, pero consciente Planeta de que la relación Ferrari/Herrera blindaba también al presidente de la cadena, cuyo amor por el trabajo no es precisamente inenarrable. Ahora, sin Herrera, Ferrari ha dejado de estar blindado y, lo que es peor, aflora su verdadera dimensión, muestra también en su caso del deterioro de la raza, como decía el sabio Martín Ferrand, porque es hijo de un genio de la radio, Antonio González Calderón.